Me siento a la paz de mi cocina,
con el sol pugnando por colarse
y dejo que lo filtre la cortina,
asomado como niño tras los árboles.
Firma su luz el documento
escrito desde antiguo, cual promesa
que en el cielo graba la escritura
como un pacto de amor que Dios hiciera.
Me besa el firmamento en su rutina,
y el sonido del día lo acompaña.
Rabilargos y garzas que se empeñan
en dar banda sonora a mi rincón de paz
que huele a vida.
Me otorgan su canción las abubillas,
jugando el viento en la palmera.
Gorriones que a los pinos y a la encina
se suben rama a rama -su escalera-.
Escribo el mundo que me mira
y la quietud feliz que me rodea.
Mirando mi ventana, se diría,
que nada hay más allá
que al alma se le ofrezca.
Aquí quiero vivir,
huida del bullicio y del asfalto.
Que no son para mí los aires de ciudad
con sus aceras,
teniendo aquí, por carretera,
la hierba como rúbrica a mis pasos.