Raudo pasó un guijarro perturbando la azul tranquilidad del mar, carecía de tiempo para contemplar tal excelsa inmensidad; iba presuroso desafiando al viento, coqueteando con el agua sin detenerse a pensar cuanto arrebato le había hecho volar.
En el filo de su desenfreno, comenzó a sentir cuan fría estaba el agua del mar; toque a toque su velocidad bajaba, bajaba y bajaba y él, la profundidad ahora admiraba.
Descendía por el vacio de un letargo, despacio, acariciando las mareas, percibiendo su sutil faena. Piel de piedra que al fondo iba a parar, mientras en su camino recordaba cuanta rabia le había llevado a naufragar.
Ahora, solo y perdido en tanta oscuridad, sin mas bocanadas de aire que tomar, ni otro guijarro al cual contemplar, tan solo le quedaba el pensar:
- Qué sería de mi, mi Señor, si aquellas pequeñas manos no hubieran pagado conmigo la impotencia de lo que no pudo más lejos llegar.