prometeo

La antigua leyenda de caperucita roja y el leñador







Es evidente; el leñador no ha muerto. Lo veo entrar y salir de las fauces del lobo todas las noches de mi vida. Cuando me sorprende espiándolo entre las sombras, se acerca hasta mí y me toma del mentón para que contemple bien su largo rostro olvidado. Aunque la luz sea difusa puedo ver su raído traje cubierto de baba y de un líquido muy parecido a la trementina. Apesta. Su aspecto es aterrador. Parece un hombre despojado de algo inherente a su propio ser. En ese instante pienso que, tal vez, el lobo en un último arresto de violencia trató de impedir su huída e hizo un esfuerzo a destiempo, y en ese forcejeo el leñador perdió algo; un amuleto, un arma preciada o las propias ganas de vivir.
—¡Váyase! —me grita indignado, soltándome, casi arrojándome con furia al suelo. —¿Por qué insiste en volver, en ponerse ese traje y atravesar el bosque? ¿Por qué no va hasta la campiña con esa gente vestida de luto que calienta sus manos junto al fuego?— Finalmente, casi sin aliento, me increpa:— ¡Qué diablos hace usted aquí! ¡Qué espera encontrar en un lugar como éste!
El leñador me habla con una autoridad, con una violencia que me hiere, tal como si fuera un lobo negro o el peor de los brujos; sus palabras son arañas voraces que me saltan al rostro o un silencio de grillos y aullidos del bosque. Mientras me habla así, trato, sin éxito, de no ser afectada por la gravedad de sus frases, a la vez que busco con la mirada al lobo; aquél ser miserable y desfalleciente que dejó escapar de su vientre a su devorada presa. No tardo en encontrarlo; en un rincón, pegado contra la pared, diminuto, gracioso como un ratón, el lobo se arrastra entre tenues gemidos hacia la puerta que da al bosque. Malherido, intenta huir. Al verse descubierto por mi mirada retrocede y ensaya una inútil sonrisa de osezno. Lanza un balido para disimular su mortal fiereza y se lame las patas en un intento vano de demostrar indiferencia ante la derrota. El leñador, dándose cuenta de la situación, indignado y visiblemente enfurecido, me aparta con un brazo y se aproxima hacia su depredador, alzando una mano como si sostuviera un arma infalible y liquidadora. El lobo, en un gesto lamentable, pega el hocico al suelo y esconde la cola debajo del vientre abierto. No contento con ello comienza a dar vueltas alrededor de nosotros, a hacer tristes piruetas de perro para causar piedad, caer en gracia y evitar el hacha invisible pero certera, la cual irremediablemente cae sobre su lomo, como una contundente descarga de risa.
—¡Salga de aquí!—me grita el leñador—yo me encargaré de este monstruo.
Conminada por esta orden, una vez más abandono la cabaña. Al cerrar la puerta aún escucho los palmazos, los chillidos tristes del lobo, entre los cuales adivino los lamentos del leñador que dolido fustiga cruelmente, pero ya sin motivo ni valor alguno, a aquél que por algún tiempo lo guardo del frío y la azarosa vida. Desconsolada, me llevo el pañuelo a la boca y corro para perderme entre los árboles, mientras ahogo un grito de espanto al comprender cómo viven su gloria las almas muertas de nuestros héroes.

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